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Ricky Martin sale del armario.

  Ya era hora, querido pero nunca es tarde si la dicha es buena. Mientras escribimos nos preguntamos qué pensaran ahora mismo miles de las que fueron adolescentes al son de su machacona musiquilla. ¿Se habrán dado a la tarea de quemar uno por uno aquellos pósters de la Bravo? ¿Dejará Ricky de ser un (ya otoñal) sex symbol para tanta chica hetero?

 Ojalá no fuera así. Si nos regimos por las leyes de la lógica poco cambia la situación: sus canciones son igual de machaconas, él igual de guapo y las mismas mínimas posibilidades de conocerlo en persona (no digamos ya de ligárselo) tienen estas chicas que si él fuera hetero.

 Desgraciadamente seguro que para muchas chicas Ricky pierde gran parte de su encanto, y sin embargo, sus canciones van a sonar hoy igual que ayer y en los posters de hace una década está igual de guapo.

 Aún en esta era de matrimonios homosexuales, orgullo y derechos se le sigue “recomendando” a muchos personajes públicos que lleven con la máxima discrección su homosexualidad o incluso que finjan ser heterosexuales.

 Esta represión de la que hablamos en el mundo del espectáculo se recrudece notablemente cuando se trata de deporte, política o tauromaquia.

Pero aún así hay quien hace tiempo que salió del armario. Si bien no es difícil encontrar ejemplos masculinos de esto, es casi imposible encontrar lesbianas reconocidas dentro de la esfera pública, más aún en nuestro país.

 Es terriblemente injusto y absurdo este marketing heteropatriarcal que antepone a la calidad del “producto” la capacidad de este para ajustarse a la imagen que de él se espera. Esta imagen, basada a menudo en la capacidad para ser objeto de deseo de unos y otras, ha de ceñirse siempre a los patrones establecidos:  chico-que-gusta-a-las-chicas, chica-que-gusta-a-los-chicos.

  Esto es así aunque todos sabemos que hetero o gay el futbolista seguirá marcando goles, el torero  seguirá cortando orejas y el cantante desentonando.

 De este engaño resulta un artista cuya imagen pública es cercenada o moldeada hasta ser convertido en quien no es y un público que adora a esa proyección ficticia del artista.

 Disfruta de tu recién adquirida libertad, Ricky.

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Las lesbianas que me odiaron

 Esta tarde al volver de clase venía yo empanada como siempre recorriendo la ya aborrecida Av. de Blasco Ibáñez. Venía cabreada pues la clase para cuya asistencia desplacé mi hogareño cuerpo a la dichosa facultad nunca llegó a tener lugar. Para colmo de males los semáforos se confabulaban en mi contra. Pero entonces, mientras esperaba al monigote verde, vi algo que me alegró. A mi lado una pareja de chicas se daba arrumacos esperando también, aunque seguramente con menos prisa y cabreo, al monigotillo verde.

 

 Suena tonto (y puede que lo sea) pero a todas nos da gocillo ver a una pareja de muchachas que se besa en plena calle, ¿o no? En fin que se me fue el cabreo de pronto y me puse a mirar a las tortolitas de turno pensando en lo monas que eran y en lo poco que faltaba para encontrarme con mi tórtola particular. El problema vino cuando ellas se percataron de que yo las miraba.

  Lo malo de todo esto es que no sé que cara pongo cuando miro a una pareja de chicas con esa extraña empatía que crea el rechazo compartido. Por lo visto pongo cara de acosadora, de skin o de votante del PP ya que ellas me obsequiaron con los  gestos de más mala hostia que se han visto jamás.

  Yo quería decirles “os equivocais,  que soy de las buenas, ¡que os miraba con cariño porque me recordaís a mi mujer y a mí! “… y no sé cuántas cosas más que no les dije. Me quedé callada como una tonta y, después de ponerme de todos los colores, juré fijar la vista nada más que en el maldito monigote que a esas alturas parecía hasta reirse de mí. Cuando las perdí de vista me puse a pensar: ” No tengo pinta de acosadora, ni de skin ni de nada de eso. Además tampoco las estaba mirando tanto, no sé…” Entonces caí en la cuenta: ¿cómo miraba yo (nosotras) a alguien que, cuando íbamos juntas, nos miraba más de unos segundos seguidos? Ahá: la misma cara de mala hostia.

 Y es que nos tienen acostumbradas a tanto varapalo, a tanto acosador, a tanto skin y a tanto votante del PP que ya ni concebimos que alguien nos mire con simpatía. ¡Pues vaya!

 Total, que volví a casa más triste y más cabreada con el heteropatriarcado, con los skin, con los votantes del PP, con los monigotes verdes y con la madre que los parió. 

L.

 

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¿Ah, sí? ¡Pues no se te nota nada!

Dedicamos esta entrada con cariño a nuestros amigos y familiares, quienes habitualmente reaccionan diciéndonos: ¿Ah, sí? ¡Pues no se te nota nada!, sin haberse parado a pensar lo que esconde tras de si.

Esta frase, inofensiva en apariencia y dicha siempre desde el cariño, se sustenta en una serie de presupuestos que constituyen a su vez la base de la imagen que la sociedad heteropatriarcal tiene de la homosexualidad. A saber:

a) que debe invadirnos una extraña alegría por pasar desapercibidas en esta sociedad. Es decir, por ser consideradas inofensivas chicas heterosexuales hasta que el gesto afectivo de marras pruebe lo contrario.

b) que, puesto que el hecho de que” no se nos note” es positivo,  debe ser algo vergonzoso que  nuestra homosexualidad/bisexualidad sea obvia.

c) que entra en juego un juicio heteropatriarcal contra el que luchamos: se te aprueba si tu apariencia es “femenina”  y se te discrimina si tu estética es “masculina”. Algo así como: “Si puedes ser todo lo lesbiana que quieras, mujer, siempre y cuando no se te note demasiado. Mejor que no seas una de esas bolleras que parece que quieren ser hombres.”

 

 

 

  A nosotras mismas nos dijeron una vez algo muy parecido. Estábamos tan tranquilas tomándonos una caña en una terraza en la Plaza del Cedro cuando el camarero, a la hora de traer la cuenta, nos espeta: “¿Sois pareja, verdad?” El tipo era algo así como el prototipo del grimoso cuarentón engominado que parece no haberse duchado en años. Nos miraba de un modo raro desde el principio (algo a lo que desgraciadamente estamos más que acostumbradas). De que éramos pareja no podía tener ninguna duda pues, como nuestros amigos se encargan de recordarnos constantemente, somos bastante pegajosas. Ante nuestro estupor añadió: “Se ve que os quereís mucho. Y no sois como esas a las que se les nota de lejos, que van dando la nota.”

 Evidentemente no hemos vuelto a ese bar y no le preguntamos al simiesco camarero a qué se refería exactamente. Pero indudablemente era una felicitación por nuestra estética alejada del camionerismo que sin duda presuponía en una lesbiana.

 Para ver de una manera más efectiva el absurdo de este “halago”, démosle la vuelta a la tortilla: supongamos que un amigo nos dice que es heterosexual y nosotros, para arroparlo e intentar transmitir nuestra aceptación le decimos: ¿Ah, sí? ¡Pues no se te nota nada!

¿Os lo imaginais? Claro que no, nos parece risible que nuestro amigo se vaya a sentir más cómodo confundiéndose como gay. “Pues chico, porque me lo dices tú, porque si no yo ya te veía dando botes en el Día del Orgullo” El bálsamo perfecto para cualquier hombre heterosexual, ¿eh?  Por no hablar de la reacción de él, lo ofendido que se puede sentir o la guantá que te puede caer.

 Desmontada pues la falacia del “halago” en cuestión agradecemos a familiares y amigos (al camarero grimoso no) su buena, aunque desatinada, intención.

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El vecino del cuarto

 El vecino del cuarto es un tipo que rondará la cincuentena: cabello entrecano, bien vestido y amable. Pero sólo cuando no va acompañado.

 Me explico: cuando el hombrecillo se pasea del brazo de su señora sigue rondando la cincuentena, teniendo el cabello entrecano y, por supuesto, va muy bien vestido… pero su amabilidad desaparece como por arte de magia.  Eso sí,  sólo en lo que a nosotras se refiere pues con el resto de los vecinos sigue siendo igual de encantador.

 Cada vez que nos hemos cruzado con él yendo sólo ha sido todo un prodigio de urbanidad: iniciando conversaciones  del tipo “¿Cómo van los estudios?” , haciendo algún comentario tonto acerca del tamaño del ascensor… Vamos,  esas trivialidades que hacen de un vecino cualquiera el vecino ejemplar: simpático sin ser cargante, atento sin ser cotilla…

  Pero cuando va con su mujer todo cambia. Nada más vernos agacha la cabeza y así se queda, mirando las baldosas del suelo,  hasta que desaparecemos por completo de su campo de visión. Mientras tanto ella nos mira muy fijamente con todo el asco del mundo. El hombre me da penilla en el fondo, porque con su no mirarnos parece decirnos “lo siento”. ¿Le tendrá prohibido hablarnos? Por la cara de sumisión de él diríase que sí ¿Tan peligrosas somos?

   El ascensor de nuestro edificio es diminuto, apenas caben cuatro personas apretujadas, así que si ya es de por sí incómodo bajar cinco pisos con el vecinito de turno,  imaginaros la situación con este percal…               

 L.                                                                                                                                          

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